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TESTIGO Y PARTE

Silvia Perez Fernandez
Silvia Perez Fernandez

(Buenos Aires, 1967). Es Licenciada en Sociología y Doctora en Ciencias Sociales, con una tesis que llevó por título “Imágenes latentes. El campo fotográfico en Buenos Aires, 1979-1989”. Profesora adjunta a cargo del seminario “Fotografía y Sociología” y docente de teoría sociológica, ambas de la Carrera de Sociología (Facultad de Ciencias Sociales) y profesora adjunta de las materias “Fotografía Pericial I y II” de la Carrera de Calígrafo Público (Facultad de Derecho), ambas de la UBA. Creó y dirigió las Jornadas de Fotografía y Sociedad (1997-2009) y la revista libro Ojos Crueles, temas de fotografía y sociedad (2004-2006). Participa como investigadora de proyectos UBACyT (Secretaría de Ciencia y Técnica de la UBA) y dirige investigación sobre fotografía en la Facultad de Ciencias Sociales. Fue Directora de Cultura de esa institución entre 2002 y 2006 y es co-coordinadora del Área de Estudios sobre Fotografía, dependiente de la Carrera de Ciencias de la Comunicación Social. 

Hace poco más de treinta años arrancaba un ciclo económico y político que cambiaría estructuralmente a la sociedad argentina. Iniciado por la dictadura cívico-militar, el neoliberalismo de la década de 1990 trocó las armas por un discurso engañoso al amparo de la democracia para instalar y aplicar su programa. Nada que no pudiera esperarse del capitalismo se profundizó: desigualdad, marginación, pobreza, enfermedad, pérdida de acceso a los bienes materiales más elementales. Todo ello logrado a través de la destrucción de toda función distributiva y asistencial del Estado y de sus empresas, que no hizo más que concentrar la riqueza y la producción en pocas manos nacionales y extranjeras. Mientras una parte de los sectores medios vertía su confianza en un modelo que le daba una cierta y momentánea felicidad consumista a cambio de indiferencia por la expansión de una cultura política degradada día a día, la defensa de las fuentes de trabajo junto la demanda de comida y vivienda estuvieron en el origen de una forma de lucha que se desplegó a lo largo de todo el país: el piquete. La extrema y desesperante realidad cotidiana padecida por los sectores populares convergió con la confiscación de los ahorros de las mismas capas medias que antes habían apoyado explícita o solapadamente las políticas oficiales. En esas condiciones, el estallido de diciembre de 2001 se tornó inevitable.

El amplio campo de las prácticas fotográficas también fue atravesado por el proceso de los años noventa. La paridad uno a uno entre peso y dólar hizo que la compra de equipos y materiales resultara más accesible, colmando de asistentes los espacios de enseñanza nuevos y tradicionales. La participación en eventos del exterior, la relación con instituciones extranjeras, el montaje de muestras y la visita de referentes a nivel mundial nutrió una dinámica de internacionalización de la fotografía autóctona. En los medios de información se adecuaban los derechos y esquemas de producción fotográficos al nuevo esquema de negocios, haciendo de la circulación de fotografías gestadas en ese ámbito una mercancía sumamente rentable para los monopolios multimedia que se introducían al cambio tecnológico. Pero, asimismo, desde mediados de la década tuvo lugar la aparición de nuevos modos de producir fotografía(s), cuando estudiantes del ámbito público se agruparon para documentar aquel contexto social, el cual sólo había sido registrado hasta el momento y parcialmente por la iniciativa individual de algunxs fotógrafxs de prensa. De ese modo, en 1995 se formó la Cooperativa de Fotografía Documental, a la que siguieron los grupos y colectivos Fotografía de la Base, Contraimagen, Ojo Obrero, Indymedia y Argentina Arde, ya en 2001. La emergencia de cada uno de cada uno de ellos respondió a discusiones acerca de las posibilidades y deberes de la fotografía concebida en términos militantes, gestando modalidades colectivas a su interior, colaborativas entre ellos y solidarias con las luchas que llevaban adelante trabajadores, desocupados y movimientos sociales. Sus integrantes fotografiaron y mostraron de otro modo aquello que los medios ocultaban, distorsionaban o estereotipaban.

La década de 1980 había sido mayormente signada por la larga batalla dada por los organismos de Derechos Humanos, comenzada en plena dictadura cívico-militar. Los reporteros gráficos acompañaron entonces los pedidos de aparición con vida, contribuyendo con sus imágenes a diversas causas y necesidades de Madres y familiares de detenidos-desaparecidos. Muchas fotografías no publicadas por los medios fueron exhibidas por los fotoperiodistas autoorganizados, algunas circularon de forma clandestina hacia el exterior y finalmente todas contribuyeron a construir una parte fundamental de la memoria visual del horror, el dolor y el tesón en la búsqueda de verdad y justicia. En los noventa, las calles fueron mayormente ocupadas tras el reclamo por trabajo, mejores condiciones laborales, tierra y vivienda. En la visibilización de estos problemas fue creciendo un testimonio silencioso elaborado por fotógrafxs, videastas y cineastas en medio de la indiferencia, la negación y hasta la frivolidad con que los responsables de los medios editorializaban la extrema penuria de crecientes sectores de la población. Así, a muchxs fotógrafxs  se les planteaba abiertamente el desafío y la apuesta moral, política y ética de integrarse a las luchas desde su lugar de productores de imágenes.   En ese contexto recién hoy conocemos el trabajo que Paloma García realizó entre 2001 y 2002. Paloma transitó por escenarios diversos de la fotografía en los años noventa: tuvo a su cargo la elaboración del dossier dedicado a lxs principales fotógrafxs argentinos contemporáneos de la revista del Foto Club Argentino, e integró desde 2001 el colectivo Argentina Arde, uno de cuyos lemas se reafirma en este libro: “vos lo viviste, no dejes que te lo cuenten”. Vemos en esos registros a una fotógrafa que además era parte de las manifestaciones, de las corridas y de las asambleas, y es manifiesta la coherencia entre militancia y (contra)información. La calle fue el escenario donde una y otra se desplegaron a lo largo de meses en que todo estalló por los aires, impulsando a la fotografía de carácter testimonial, documental y comprometida políticamente a ocupar un lugar que había sido subestimado –cuando no desdeñado- apenas poco tiempo antes. Las fotos de Paloma devuelven la imagen de ella misma en los acontecimientos, en una cercanía que no deja dudas acerca de su inmersión corporal en los hechos y junto a los sujetos, en un pacto pleno que aunó a la fotógrafa y a la militante del periodismo y la información. Y sus fotos nos acercan a todxs a un conocimiento otro de aquellos días: sin golpes de efecto visual, emergen la crudeza y el heroísmo; los acontecimientos nos son mostrados desde una mirada que no es externa ni distante, sino partícipe. Se trata de un tipo de fotografías que portan la enorme virtud de no prestarse a la fácil manipulación, puesto que son pura autenticidad, sincero compromiso. Y que Paloma dejó reposar hasta hoy, cuando el tiempo y la distancia habilitan interpretarlas de múltiples maneras: como testimonio histórico, como manifestación personal-colectiva, como la obra de quien a lo largo de su trayectoria profesional estuvo siempre de un mismo lado, como gestos de un acercamiento siempre sensible.  

Silvia Pérez Fernández  



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